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«Le pido que considere que, para mí, el no poder escribir es lo mismo que ser enterrado vivo». Estas palabras que le dirige Mijail Bulgákov al todopoderoso Stalin son la declaración de un hombre cuya única vocación es la escritura. Sus cartas al tirano tratan de vencer la ignominiosa persecución que sufre: condenas, insultos, amenazas, censuras, retirada de sus obras del cartel, manipulación de sus textos. El ambiente opresivo que sufre Bulgákov lo lleva a destruir parte de su propia obra, le hace caer en la enfermedad y lo coloca al borde de la locura. Sin embargo, no ceja en la defensa de la libertad creadora en páginas verdaderamente dramáticas: «La lucha contra la censura, cualquier que sea, y cualquier que sea el poder que la detente, representa mi deber de escritor [...]. Si algún escritor intentara demostrar que la.
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