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“Si el lector se embarca en este libro habrá de saber que navegará lejos de la costa y sin cartas náuticas preestablecidas”.
Así nos incita y nos invita el autor a emprender una lectura nómade, la de textos que se despeñaron –en piezas de distinto tamaño, distinto peso y con ritmos distintos– durante tres años sombríos. Ese lapso de nuestras vidas en que un virus se convirtió en leitmotiv, un virus que mató a muchos semejantes y que se inmortalizó dándole el nombre a una época: La Pandemia.
Podrán leer en estas páginas palabras que brotan del pánico social de los primeros días (las pan-demias que se precian de tales deben provocar pánico):
“¿Cómo olvidaremos lo que estamos viendo en estas ventanas del horror para posibilitar que la memoria de nuestros nietos y bisnietos tejan con “sus hilos sediciosos” nuevas narrativas de lo trágico de la aventura humana?”.
En otros momentos de este viaje se incorporan nuevos pasajeros y nuevos radares (IA) al derrotero de la nave kafkiana en la que estamos embarcados. Y, entre muchos otros accidentes, el autor se refiere por ejemplo a la “cancel culture”:
“Sea una tela o una escultura, sea la figura más o menos abstracta, sea la dueña del pezón una santa, una mujer común o una prostituta, si es sancionado por el detector de coincidencias de la IA, el valor de ese trozo del cuerpo es idéntico: rechazado…”.
Finalmente, el pánico no será el amo, hay algunos puertos más o menos seguros. Uno de ellos es la poesía y así lo destaca Laura Palacios, en su sabroso prólogo:
“Y creo seriamente que esa es la cause de la poésie (en francés luce tan bien…). Se trata de lo que Marcelo captura en Lorca y Pessoa, ese barro, ese limo donde los poetas hunden sus raíces”.
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