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Product Description Tras ocho años entre rejas, Max Dembo vuelve a Los Ángeles con sesenta y cinco dólares en el bolsillo, un traje pasado de moda y la intención de reinsertarse en la sociedad. No es tarea fácil para quien, en su corta vida, no ha conocido otra cosa que el crimen y cuenta solo con la improbable ayuda de un rígido y prejuicioso agente de la condicional. Descreído de sus posibilidades de éxito, abrumado por los fantasmas de su vida anterior, Dembo se verá en poco tiempo arrojado a una encrucijada de la que su instinto criminal podría salir reforzado. Trepidante y profunda, de un verismo difícilmente igualable, "No hay bestia tan feroz" supuso el debut literario de Edward Bunker, delincuente convicto y una de las mayores referencias en literatura criminal norteamericana. Review «Una obra maestra del género negro… Posiblemente, la mejor novela sobre los bajos fondos de Los Ángeles jamás escrita.» James Ellroy About the Author Edward Bunker (Los Ángeles, 1933 - Burbank, 2005) fue escritor, guionista y actor ocasional. Criado en hogares de acogida y reformatorios desde que sus padres se divorciaran cuando tenía cuatro años, pasó gran parte de su vida entrando y saliendo de prisión, donde se convirtió en un lector voraz y en el cronista ideal de los bajos fondos y la mala vida de Los Ángeles. Acumuló condenas por atraco a mano armada, tráfico de drogas y extorsión, llegando a figurar en la lista de los diez fugitivos más buscados por el F.B.I. Interpretó a Mr. Blue en la mítica película Reservoir Dogs (1992) de Quentin Tarantino, asesoró a Michael Mann en Heat (1995) y obtuvo una candidatura a los Oscar por su guión de El tren del infierno (1985) de Andréi Konchalovski. Es autor de cinco novelas, de entre las que destaca No hay bestia tan feroz, y de un libro de memorias. Edward Bunker es un escritor de culto en Estados Unidos, Inglaterra, Francia, Italia y España. Excerpt. © Reprinted by permission. All rights reserved. La silueta de Jerry oscureció la puerta principal, que se abrió hacia el interior de la tienda. Me volví, levanté el sombrero y bajé la máscara. Mientras me la ajustaba con una mano, saqué la automática con la otra y le quité el seguro con el pulgar. Al sentir su peso entre las manos y palpar la culata cuadriculada, me sentí cómodo, reconfortado por una sensación de poder.
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