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En febrero de 2001 se anunció que el genoma humano no contiene cien mil genes, como se creía en un principio, sino sólo treinta mil. Esta revisión llevó a los científicos a pensar que no existen suficientes genes humanos para todos los tipos diferentes de comportamiento, por lo que nuestro carácter debe de formarse a partir del entorno o el ambiente, no de la genética. Ridley sostiene que el ambiente también depende de los genes y que los genes necesitan de él, porque absorben experiencias formativas, reaccionan a factores sociales e incluso hacen funcionar la memoria. Cincuenta años después del descubrimiento del ADN, el autor recorre los cien años de enfrentamientos entre los partidarios de la naturaleza o la herencia y los defensores del entorno para explicar cómo el ser humano puede tener una voluntad libre y a la vez estar influido por el instinto y la cultura.
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